En mayo de 2023 un lince cruzó Losa del Obispo. No tenemos más datos. Si venía del oeste o del sur…
El animal, según los testimonios recogidos en la zona, fue visto desplazándose con la cautela que define a la especie: esquivo, ligero, atento a cada movimiento del entorno. No era un ejemplar asentado, sino probablemente un individuo joven en dispersión, uno de esos exploradores que, empujados por la presión de otras poblaciones o por el instinto de expansión, recorren grandes distancias en busca de territorio.
Y en ese viaje, La Serranía no es un lugar cualquiera.
Desde la mirada de quien conoce el Turia a su paso por Chulilla, resulta casi natural imaginar la ruta. El río, encajado entre paredes de roca y rodeado de pinares, funciona como una arteria verde que conecta espacios aparentemente lejanos. No es un camino visible para nosotros, pero sí para la fauna: un corredor continuo donde el monte se enlaza, donde el silencio se mantiene, donde aún es posible moverse sin ser visto.
Quizá el lince llegó desde el sur, siguiendo la lenta recuperación de la especie en otras zonas del Levante. O tal vez descendió desde el interior, desde territorios de Castilla-La Mancha donde las poblaciones ya se han consolidado. No importa tanto el origen como el hecho de que haya encontrado paso. Porque encontrar paso implica que el territorio, a pesar de todo, sigue siendo habitable.
Y es ahí donde surge la pregunta inevitable: ¿podría quedarse?
La Serranía tiene algo que resuena con lo que el lince necesita. No es solo una cuestión de paisaje, sino de equilibrio. Hay monte mediterráneo, denso en algunos tramos, abierto en otros, con refugios naturales entre barrancos y laderas. Hay conejo, aunque con altibajos, suficiente en ciertas zonas como para sostener el paso de un depredador exigente. Y hay, sobre todo, una cierta continuidad, una sensación de territorio aún no del todo fragmentado.
Pero también hay límites. Carreteras que cortan rutas invisibles, cambios en el uso del suelo, presencias humanas que, aunque dispersas, alteran el ritmo del monte. El lince que ha pasado por Losa del Obispo lo sabe. Por eso se mueve, por eso no se queda. Todavía.
Sin embargo, algo está cambiando.
En los últimos años, la expansión del lince ibérico ha dejado de ser una excepción para convertirse en una tendencia. Ya no hablamos solo de los núcleos clásicos del suroeste peninsular, sino de una especie que empieza a reconectar territorios que había perdido hace décadas. Y en ese mapa en transformación, la Comunitat Valenciana vuelve a aparecer como posibilidad.
No es casual que se estudien reintroducciones futuras. Ni que se analicen corredores ecológicos. Ni que, de vez en cuando, un lince aparezca donde antes solo quedaba su recuerdo.
Desde Chulilla, donde el río dibuja meandros entre la roca y el tiempo parece ir más despacio, la noticia se siente de otra manera. No como un hecho aislado, sino como una señal. Una de esas señales que no se imponen, pero que invitan a mirar el paisaje con otros ojos.
Quizá el lince cruzó de madrugada. Quizá siguió el rastro de un conejo entre los espartos. Quizá se detuvo un instante en lo alto de una loma, observando un territorio que aún no es suyo, pero que podría llegar a serlo.
Y después siguió.
Pero el rastro queda. No en el suelo, que el viento borra, sino en la idea. En la posibilidad de que este paisaje, tantas veces dado por perdido, siga teniendo la capacidad de acoger vida salvaje en su forma más pura.
El lince no entiende de fronteras administrativas ni de planes humanos. Solo necesita silencio, alimento y continuidad. Si eso existe, vuelve.
Y en lugares como Losa del Obispo, como Chulilla, como tantos rincones de La Serranía, quizá nunca se fue del todo. Solo estaba esperando el momento adecuado para dejarse ver otra vez.
